Las laderas de los Andes peruanos que miran a la selva amazónica se encuentran casi permanentemente envueltas en la niebla. Las nubes se forman en la cuenca del río Marañón y trepan por los Andes. A medida que ascienden dejan su carga de agua en las laderas de las montañas y van desapareciendo poco a poco al acercarse a las cumbres. El paisaje se transforma desde los valles amazónicos selváticos hasta la parte más alta de la sierra en el que la vegetación tropical da paso a los páramos desérticos típicamente andinos. Entre ambos límites se desarrolla la “ceja de selva”, un territorio boscoso de neblina que se ubica entre los 800 y los 3.000 metros. Fue el hogar de una de las civilizaciones más enigmáticas de Perú, los chachapoyas.
Los restos de sus ciudades se encuentran semi devorados por el bosque y desde las laderas verticales de las montañas, unas figuras antropomorfas -hechas de arcilla y conservando los restos de la pintura roja que las decoró- guardan en su interior las momias de los chachapoyas, protegiendo desde la altura el territorio que habitaron y siguen habitando sus descendientes.
La ciudad de Kuélap en las nieblas perpetuas de la ceja de selva peruana
El misterioso origen del pueblo Chachapoya
Las crónicas de Pedro Cieza de León, escritas hacia 1550, relatan que los chachapoyas, a pesar de haber sido conquistados por los incas e integrados dentro de su imperio, mantenían una cierta independencia, gobernados por un jefe local -curaca- y con rasgos físicos que los diferenciaban del resto de los pueblos andinos y amazónicos. Los cronistas hablan de pobladores muy parecidos a los europeos, de piel y ojos claros y cabello rojizo o rubio.
Hay indicios arqueológicos en la cueva de Manachaqui de que el territorio chachapoya, delimitado por los ríos Marañón, Huayabamba y Chiriaco, fue habitado hace ya 10.000 años, pero estos primeros pobladores eran cazadores- recolectores nómadas de procedencia amazónica y no eran los antepasados de los chachapoyas.
La hipótesis más extendida entre los investigadores es que los chachapoyas llegaron a la zona procedentes de algún punto de la cordillera andina, trayendo con ellos una cultura agrícola, arquitectónica y de obra civil muy avanzada. Pero dado el carácter particular de sus construcciones y que se asentaron en territorio semi selvático, considerado como hostil por los pueblos andinos, su procedencia sigue siendo un misterio.
La migración se pudo producir entre los siglos VIII y X de nuestra era, tal vez originada por el agotamiento de los terrenos de cultivo o buscando mayor estabilidad climática, ya que las regiones andinas se encuentran cíclicamente sometidas a los fenómenos climáticos del Niño, que provocan épocas de sequía alternadas con otras de inundaciones. La migración pudo ser organizada por las clases dirigentes y sacerdotales siguiendo alguna profecía o mito que los condujo a un lugar diferente a su territorio original, donde desarrollaron una cultura nueva para adaptarse a un territorio distinto, en el que se unieron las tradiciones andinas con las amazónicas.
Hacia 1470 se produce el contacto con la expansión del imperio Inca, que era gobernado entonces por Pachacútec. Los incas tardaron casi cincuenta años en anexionar a los chachapoyas, quienes mantuvieron su cultura y sus gobernantes, aunque la influencia inca produjo un mestizaje, muy evidente por los restos arqueológicos hallados del periodo posterior. Los sucesos y las fechas aproximadas se conocen por los relatos que los incas hicieron a los cronistas españoles.
Siguiendo su costumbre de anexión de territorios, los incas solían dejar un gobernante local, pero desplazaban población a Cuzco como rehenes, generalmente familiares de los jefes locales del pueblo conquistado.
Hacia 1533 se produjo la llegada de los primeros españoles, que fueron inicialmente bien recibidos por los curacas chachapoyas como oposición al dominio inca. Poco a poco los chachapoyas se fueron desvaneciendo en la niebla del bosque tropical, aunque su presencia permanece en los habitantes del lugar, sus creencias y costumbres, como veremos en este artículo.
Un territorio mágico
Como ocurre con muchos otros pueblos, para los chachapoyas la naturaleza no era una simple geografía, era un lugar vivo lleno de seres y espíritus que habitaban montañas, ríos, cascadas y cavernas. Como cultura agrícola, el agua y los lugares asociados a ella eran, y siguen siendo, lugares sagrados. Las creencias y tradiciones ancestrales continúan vivas en los pueblos de la zona.
Las cavernas son lugares especiales donde se produce el contacto con el inframundo, pero de donde sale también la vida que lleva el agua que brota de ellas. Son lugares venerados y temidos a la vez. En algunas se han encontrado restos de rituales religiosos y pinturas simbólicas.
El río Utcabamba que atraviesa el territorio chachapoya longitudinalmente se considera un ser animado, una gran serpiente de agua que fertiliza los campos pero que puede ser también temible cuando se enfurece y arrasa. En las selvas y pantanos colindantes vive “El Solpecuro” una especie de dragón que vuela sobre los campos cuando hay tormenta y rayos. En torno a este animal mitológico se han desarrollado numerosas leyendas locales.
Cascadas sagradas Flor de la Bromelia Ceja de selva Muros de Kuélap
Como en el resto de los Andes, las montañas albergan también seres fantásticos, como “La Casharaca” que habita el cerro Santa Clara, seduce y captura a los hombres que se pierden en los caminos o su oponente masculino en el cerro Barreta “El Casharunto”. La lucha eterna entre ellos es la lucha entre los opuestos, el bien y el mal, pero sin que ninguno de ellos sea completamente benéfico o maligno. En todo ser hay parte de luz y de oscuridad.
Otra montaña especial es el cerro San Froilán, donde existen restos arqueológicos prehispánicos. En lo alto del cerro se ha construido una gran cruz de madera a la que se hacen ofrendas y en el mes de mayo se lleva a cabo una fiesta religiosa que seguramente tiene su origen en los ritos de fertilidad que los chachapoyas realizaban en el cerro.
Las lagunas son también seres animados y sagrados. Algunas de ellas han sido utilizadas como lugares de ofrendas y enterramientos, recordando a los rituales de la famosa laguna de Guatavita en Colombia que dio lugar a la leyenda de El Dorado.
Algunas de estas lagunas pueden ser el origen de la fundación de ciudades, siguiendo profecías y lecturas de símbolos, como es el caso de la laguna de Cuchacuella y la ciudad de Kuélap. Esta laguna aparece en las crónicas de Fray Martín de Murúa y de Sarmiento de Gamboa, que hacen referencia a ella como un lugar sagrado. Los cronistas cuentan que el Inca Huayna Cápac ordenó llevar hasta Cuzco agua de esta laguna por su carácter sagrado.
La ciudad perdida de Kuélap
En lo alto de un cerro a 3.000 metros sobre el nivel del mar y perdidos entre la maleza tropical y la bruma se encuentran los restos de la ciudad más importante de la civilización Chachapoya, Kuélap.
Cuando fuimos allí en el año 2015, era un lugar remoto al que se accedía por una accidentada carretera de montaña. Desde el año 2017 se puede acceder con un telecabina desde la ciudad de Nuevo Tingo. A pesar de ello, Kuélap sigue siendo uno de los lugares arqueológicos menos visitados y conocidos de Perú. Como poco conocida es la cultura que lo construyó.
Aquel día llovía y la niebla cubría por momentos la ciudad. Al llegar al lugar un enorme muro de piedra recibe al visitante. Da la impresión de ser una muralla defensiva, pero en realidad son los refuerzos de piedra de la meseta sobre la que se asienta la ciudad. Este aspecto de fortificación llevó al inicio a pensar que se trataba de una construcción militar, pero las investigaciones posteriores han confirmado que se trataba de un centro habitacional.
En los alrededores todavía se siguen utilizando terrazas reforzadas por muros de piedra para la actividad agrícola. Es posible que Kuélap fuese una ciudad sagrada que habitaban las élites gobernantes y sacerdotales, rodeada de campos de cultivo donde vivían los campesinos.
El acceso al recinto se realiza a través de un pasillo ascendente que se va estrechando hasta alcanzar la meseta en la que se encuentran los restos de los edificios. Sorprenden las construcciones circulares, algo muy poco habitual en la arquitectura andina prehispánica.
Pasillo de acceso principal a Kuélap
Hay que destacar dos construcciones por su significado: el Templo Mayor y el Torreon.
El primero es una estructura troncocónica invertida con un orificio en el techo que conecta el recinto interior con el firmamento. Se han encontrado muchos restos humanos por lo que se supone que pudo ser un centro sagrado de enterramientos secundarios. Los chachapoyas viajaban a Kuélap desde los lugares lejanos de su territorio portando los restos óseos de sus difuntos después de su exhumación de una primera tumba. Esto hace pensar en Kuélap como un lugar especial de proximidad a los dioses donde se buscaba el último descanso eterno. Algo similar a lo que ocurre en la ciudad india de Varanasi. Algunos autores comparan Kuélap con el Vaticano, Jerusalem o La Meca, un lugar sagrado de peregrinación.
El otro edificio relevante, el Torreón, considerado inicialmente con una estructura de vigilancia o defensa por haberse encontrado en él piedras utilizadas como proyectiles de hondas, se piensa actualmente que era un lugar de ceremonias religiosas, ya que el lanzamiento de piedras con honda es algo que todavía se hace en los pueblos de la zona para invocar la lluvia.
Aunque la civilización chachapoya pudiese estar constituida por ciudades estado con cierta autonomía, como Gran Pajatén, Kuélap era el centro más importante, político y religioso, un Axis Mundi de esta enigmática cultura.
El Torreon
Kuélap fue abandonado en algún momento del siglo XVI. Los arqueólogos han encontrado evidencias de un gran incendio y algunos sostienen la teoría de que el abandono no fue progresivo, sino que en un momento fue decidido en función de alguna señal mágica o astrológica, o tal vez por algún fenómeno natural. Al abandonar el lugar, los chachapoyas quemaron ritualmente algunas partes de la ciudad en un acto de purificación para dejar atrás lo malo y que esto no se trasladase al nuevo asentamiento, que supondrá en sí mismo un símbolo de renovación.
Algunos antropólogos han documentado esta costumbre entre las comunidades de pastores en el valle de Cajamarca. Queman la choza antigua y algunas de sus pertenencias cuando se trasladan de lugar. El fuego como elemento sagrado de purificación.
Arte simbólico
Como en todas las culturas prehispánicas, la arquitectura y el arte chachapoya es enormemente simbólico.
Los edificios de Kuélap están adornados con lajas de piedra que forman rombos horizontales que se unen por los vértices. Se cree que representan símbolos de agua. Tal vez rayos o las ondas de la superficie de la laguna o el mar. Se han encontrado objetos rituales fabricados con conchas marinas, lo que hace pensar en intercambios comerciales con pueblos de la costa.
En las piedras de los muros de las construcciones aparecen caras humanas, posiblemente en referencia a alguna divinidad, y representaciones de serpientes y felinos, también divinidades.
Rostro humano en un muro de Kuélap
Friso con decoración alusiva al agua. Kuélap
En el centro arqueológico de Gran Pajatén se pueden ver figuras antropomorfas hechas con lajas de piedra en los muros, que representan personajes con tocados de plumas llevando a cabo, posiblemente, una danza ritual. En este lugar se encuentran unas de las representaciones más enigmáticas, son las llamadas “cabezas clavas” o pachamamas, rostros femeninos con tocados de alas de ave. ¿Símbolos de fertilidad? ¿ancestros protectores?
El arte chachapoya da muchos otros ejemplos de simbolismo, en las esculturas líticas, petroglifos y pinturas rupestres. Figuras antropomorfas, geométricas y representaciones de animales sagrados nos envían mensajes, tal vez al inconsciente, desde una cultura aparentemente desaparecida pero que continua viva en los habitantes del territorio.
Los ritos funerarios
El aspecto más enigmático y diferencial de la cultura chachapoya respecto a otros pueblos andinos son sus ritos funerarios.
Como venidos de otro mundo, unos seres de arcilla decorados con pintura roja, en algunos casos de 2,5 m. alto, observan los valles desde las paredes de los acantilados inaccesibles. Son los sarcófagos funerarios, conocidos desde antiguo como purunmachus, que se podría traducir como “antiguos ancianos”. En su interior se han encontrado momias sentadas en cuclillas envueltas en telas y cuero de camélidos andinos, lo que los arqueólogos han llamado “fardos”.
Sarcógagos de Carajía, Purunmachus
Los fardos se colocaban en el interior de los sarcófagos después del proceso de momificación del que no se conocen detalles. Mientras en los desiertos peruanos, donde aparecen otras momias, la momificación se produce de forma natural por las condiciones salinas del terreno y la sequedad del clima, en la ceja de selva húmeda las condiciones no son favorables a la momificación, por lo que se supone que los chachapoyas utilizaban alguna técnica de momificación que incluía el vaciado de vísceras del cadáver.
Al lado de la momia se depositaban objetos de uso cotidiano, como cerámica, instrumentos de tejer, mate, adornos personales, etc. Lo que indica la creencia de una vida más allá de la muerte en la que el difunto necesitaría estos objetos.
En los sarcófagos llama la atención las enormes dimensiones de la mandíbula inferior. Tal vez imite las máscaras funerarias utilizadas en otras culturas andinas anteriores, como la de Tiahuanaco-Huari. También se puede encontrar un parecido de los purunmachus con los moais de la Isla de Pascua, sin que exista ninguna teoría de una conexión directa entre ambas culturas.
El otro sistema de enterramiento, en este caso colectivo, era el de los mausoleos o chullpas, pequeños edificios colocados también en los riscos de los acantilados. Como en el caso de los purunmachus, se tratan de sepulturas secundarias, después del proceso de momificación y un enterramiento primario. Estos mausoleos recuerdan las construcciones de los indios Pueblo de Nuevo México.
En los mausoleos del centro arqueológico de Los Pinchudos, hay colgadas unas tallas de madera que representan personajes masculinos con un tocado ceremonial. Tal vez los ancestros enterrados o seres protectores.
Se han desarrollado varias teorías para explicar la colocación de estos centros funerarios en lugares tan inaccesibles. Una de ellas considera que el motivo era evitar las profanaciones, pero no parece la más factible, porque, aunque muchas de esas tumbas han sido profanadas, esto ha ocurrido en tiempos modernos en busca de tesoros o piezas arqueológicas valiosas. Para los antiguos chachapoyas era impensable la profanación de un lugar sagrado, morada de ancestros y donde solo había piezas de uso ritual y cotidiano.
Es más verosímil que se eligiesen esos lugares para que los antepasados protegiesen a la comunidad y los campos agrícolas, pudiendo además estar presentas en la vida diaria de sus seres queridos.
Purunmachus de la necrópolis de Carajía
¿Han desaparecido los chachapoyas?
Ninguna civilización se esfuma en la nada. Cuando visitamos un lugar arqueológico imaginando su pasado es posible que simplemente tengamos que enfocar la mirada atenta a nuestro alrededor para ver que sigue presente. Esto no es ya posible en todos los sitios, pero sí en lugares como México y los Andes.
En el territorio chachapoya se sigue viendo el cultivo en las terrazas construidas hace más de mil años. Las casas se decoran con los mismos signos geométricos que vimos en Kuélap, las mujeres se cubren la cabeza con un pañuelo blanco que ya describían los primeros cronistas en sus textos y los rituales y creencias, aunque sincretizadas con el cristianismo, siguen vivas en la ceja de selva de los chachapoyas.
Niña y anciana chachapoyas vistiendo el traje tradicional con el pañuelo blanco
Lugares con nombres evocadores como Carajía, Laguna de las Momias, Revash o Los Pinchudos siguen apareciendo cuando se dispersa la niebla del bosque tropical y nos desafían a descubrir su pasado y su mensaje. Tal vez no mediante excavaciones y dataciones, sino a través de la comprensión de su lenguaje simbólico, común a la humanidad y que hace tiempo que hemos olvidado.
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