Los exorcistas danzantes
El país feliz
En los caminos del Himalaya se cuenta que perdido entre las montañas existe un reino cuyos habitantes se consideran los más felices del mundo. Dicen que la entrada al país de extranjeros tiene fuertes restricciones para evitar la contaminación cultural y la pérdida de las tradiciones. El cuarto rey del país Jigme Singye Wangchuck consideró que el desarrollo de un país debía medirse por su nivel de felicidad, no por el económico, ya que el nivel económico no es la única variable que genera bienestar. Su monarquía es reciente, dicen que antes era un estado teocrático con los poderes religiosos y civiles separados, pero para fortalecerlo frente la amenaza de los grandes reinos que lo rodeaban se decidió establecer una monarquía concentrado los poderes. El pequeño país mantuvo su independencia gracias a una estirpe de guerreros maestros en el uso del arco, actualmente se dice que el tiro con arco es el deporte nacional y que sus campeones son famosos, considerados símbolos nacionales.
El cuarto rey decidió convertir aquel pequeño país en el más feliz del mundo, erradicando de él el mal, no se sabe si lo consiguió, pero los que lo han visitado cuentan que está rodeado de montañas de nieves perpetuas en las que se ubican monasterios, algunos de muy difícil acceso. En ellos los monjes mantienen vivas las filosofías budistas que soportan uno de los pilares en los que se basa la felicidad del país, la espiritualidad. El rey consideraba que la felicidad es un equilibrio entre el bienestar material y la paz mental, entre lo cotidiano y lo trascendente. Estableció como políticas de su gobierno el nivel de vida, la educación, la preservación de la tradición y la salud del espíritu. Los monasterios tendrían un papel muy importante en ese proyecto.
Nido del Tigre
Guru Rinpoché
Todo empezó mucho antes cuando en el siglo VIII un monje del que se decía que tenía poderes especiales llegó a ese reino predicando el budismo. Era Padmasambhava, conocido en el Himalaya como Guru Rinpoché que significa “Precioso Maestro”.
De él se decía que no había nacido de mujer, sino que se había materializado sobre un enorme loto en un lago. Un rey lo encontró y lo adoptó, entendiendo que aquel niño era un mensaje celestial. Creció en el palacio y se formó en los monasterios, estudiando antiguos textos budistas tántricos. Cuando estuvo preparado abandonó su país y salió en peregrinación por India y el Himalaya predicando su doctrina.
El rey del Tibet Trisong Detsen quería introducir el budismo en su reino y desplazar las religiones animistas. Conocedor de la fama de Padmasambhava le solicitó ayuda. El monje acudió a la llamada, el reino estaba muy influenciado por demonios y espíritus malignos. Padmasambhava utilizó sus poderes tántricos para dominarlos, no quería hacerlos desaparecer, sino tenerlos bajo control y que sirviesen de equilibrio entre la eterna lucha del bien y el mal. El Tibet se convirtió al budismo, pero Padmasambhava profetizó que siglos después el país sería invadido por una potencia extranjera que perseguiría toda creencia, por lo que siguió su camino buscando un territorio donde sus enseñanzas fuesen preservadas.
Vagando por las montañas llegó a un pequeño territorio donde se practicaba, igual que en el Tibet, la religión animista Bön. Lo remoto e inaccesible del lugar le hicieron pensar que ese era el lugar ideal para predicar su enseñanza y que se perpetuase en el tiempo. Igual que había hecho en Tibet, utilizó sus poderes para dominar a las deidades locales malignas. Pero este dominio no podía ser eterno, nunca se vence completamente al mal, por lo que era necesario establecer una serie de rituales tántricos que al realizarse de forma periódica mantuviesen esas fuerzas malignas bajo control.
El budismo Vajrayāna o tántrico de Guru Rinpoché y las antiguas creencias Bön del lugar dieron origen a una religión sincrética en la que la que las montañas, los ríos y los bosques pueden ser deidades, pero también hay seres malignos que traen desgracias y enfermedades a los habitantes del valle feliz.
En sus viajes por el país, Guru Rinpoché consagró lugares especiales: picos nevados, árboles mágicos y ríos, que ya eran sagrados en la tradición Bön. En esos lugares se alzaron posteriormente monasterios budistas que siguen la doctrina Vajrayāna. Se dice que a lomos de una tigresa voladora ascendió a una montaña donde paso tres meses recluido en una cueva meditando, el lugar se conoce como el Nido del Tigre. En la cumbre hay un monasterio donde un pequeño grupo de monjes pasan las horas meditando como lo hizo hace siglos su maestro.
El budismo Vajrayāna busca, como muchas otras tradiciones orientales, la iluminación. Al alcanzarla el individuo percibe el mundo como una unidad de la que forma parte, entiende su naturaleza y comprende el mundo ilusorio creado por la mente. Aparece también la compasión hacia otros seres vivos y el deseo de ayudarlos. El ser iluminado sale también del ciclo de reencarnaciones y alcanza el nirvana, la eliminación del sufrimiento y la unión con el todo.
Las enseñanzas de Guru Rinpoché para alcanzar esa iluminación mezclan distintas técnicas tántricas como meditación, visualización de deidades, control de la mente y el cuerpo, transformar las emociones hacia sensaciones positivas, mantras y mandalas. Todas esas prácticas se han conservado en los monasterios donde dicen que los monjes dibujan en el suelo impresionantes mandalas con polvos de colores para luego destruirlos y reconocer que todo es efímero.
Se cuenta también que el Maestro escondió tesoros en diferentes lugares del país para que fuesen siendo encontrados a lo largo del tiempo y no se olvidasen sus enseñanzas. No son tesoros valiosos económicamente, sino tesoros espirituales; libros, pergaminos con mantras secretos, estatuas de deidades, pinturas sagradas. Cuando aparecen estos tesoros el lugar se consagra y se construye una stupa para conmemorarlo. Los tesoros se guardan en el monasterio más cercano como reliquias del Maestro.
Competiciones de tiro con arco
Los festivales de danzas
Como en cualquier otro lugar del mundo, en ese país feliz, las fuerzas del bien y mal siguen batallando su guerra eterna. Para tener controlados a los seres malignos, Guro Rinpoché creo unas danzas rituales que al interpretarse mantienen a los demonios bajo control. El danzante entra en trance y se transforma en una deidad que hace frente al demonio que se quiere combatir. La danza tiene unos movimientos muy precisos que representan esa lucha y es acompasada por una música específica para cada ocasión que se toca con trompetas, tambores y campanas. Los danzantes van vestidos con unos trajes llenos de símbolos tántricos y en la mayor parte de las danzas se cubren el rostro con una máscara ritual.
Fueron los monasterios y sus monjes los que conservaron estas danzas que se representan desde el S. VIII siguiendo calendarios astrológicos propicios. Cuando se acerca la fecha marcada por los astros, los monasterios se preparan para el evento que consiste en un festival, llamado Tsechu, que suele durar varios días. A los festivales asisten los habitantes de las aldeas vecinas y, si es uno de los festivales importantes, llegan a él peregrinos desde todas las partes del país y algunos pocos extranjeros de otros territorios budistas.
Cuando el cuarto rey decidió hacer de la felicidad un objetivo de estado consideró que los festivales de danzas eran un elemento muy importante de las enseñanzas de Guru Rinpoché, ya que exorcizaban demonios, mantenían la tradición y unían en ellos a la comunidad.
Cuentan los viajeros que el ambiente entorno al monasterio es festivo. Con mercados ambulantes de comidas y múltiples objetos de uso cotidiano. El monasterio se engalana con banderas y tankas, los enormes tapices con iconografía budista que se guardan en los monasterios y solo se exhiben en momentos especiales. El aire se empieza a inundar de olor a incienso y el sonido monótono de la recitación de mantras y textos sagrados, que los monjes hacen durante las larguísimas sesiones de oración, llena los rincones del monasterio. El Tsechu une la ceremonia religiosa con el ambiente festivo de una feria.
Las danzas se representan en el patio central del templo. Los músicos y espectadores se colocan en los balcones que dan al patio o en el propio patio, formando un cuadrado dentro del cual tendrán lugar las danzas.
Mientras, los danzantes se preparan concentrándose a través de la meditación. No se trata solo de representar un espíritu beneficioso o incluso al propio Guru Rinpoché, sino de transformarse en el personaje que se representa. El danzante al bailar sufre una metamorfosis que lo hace poderoso frente a los diablos a los que combate.
Las danzas sagradas
Dependiendo del demonio o ejército de seres malignos a combatir se elige un determinado tipo de danza. Vamos a ver algunas de las que se dice se siguen practicando en el país feliz y algunos viajeros afortunados que las presenciaron han recogido en sus crónicas, aunque puede que todo sea una de las muchas leyendas que se cuentan en el Himalya.
Danza de los sombreros negros
Es una de las danzas más conocidas e importantes. Fue creada en el S. VIII por Guru Rinpoché para vencer a unos demonios que amenazaban el monasterio de Samye en el Tibet. Posteriormente se extendió por todos los reinos budistas del Himalaya.
Los danzantes llevan la cara descubierta y se cubren con un sombrero circular de color negro adornado con una calavera y una pluma de pavo real. A veces llevan también tambores para acompañar la danza y amedrantar al enemigo con su sonido. El traje es muy colorido, con mangas muy anchas y rostros iracundos bordados sobre él. Los danzantes se pintan tres puntos negros en la cara que representan los tres venenos del alma que la danza quiere eliminar: la ira, el apego y la ignorancia. El número de monjes que bailan es siempre impar, normalmente 21, haciendo referencia a los veintiún grandes maestros tántricos y a las veintiuna manifestaciones de la deidad femenina Tara. Los números impares simbolizan la asimetría necesaria para romper el equilibrio en favor de la luz sobre la oscuridad. También la acción necesaria para el cambio, que no se da en la simetría.
El líder del grupo danzante porta una daga ritual con la que corta la efigie de un ser diabólico que ha sido introducido previamente en una caja negra. Los restos de la figura se esparcen por el patio donde se danza, simbolizando con este gesto la victoria sobre el mal y la sumisión de éste a las deidades del monasterio.
La danza del tambor
Fue creada en el S. XVI por un maestro perteneciente a un linaje de sabios, después de una visión durante un sueño.
Los danzantes llevan un tambor que tocan para celebrar la victoria sobre los demonios y la llegada de la paz y la felicidad al valle. El tambor representa también la rueda del dharma y cada golpe de la baqueta simboliza el avance en el camino de la liberación.
A veces los danzantes llevan máscaras representando figuras benefactoras y a los doce símbolos del zodiaco, según la versión local.
Es una danza compleja en la que los monjes tienen que ir haciendo visualizaciones de estados que llevan a la iluminación.
La danza del ciervo
El objeto de esta danza es dominar los espíritus de la tierra para ponerlos a favor. Cada animal está vinculado a un espíritu, el ciervo lo está a los de la tierra. La danza se lleva a cabo en los momentos en que se necesita hacer una petición especial a la tierra y protegerla de las influencias de los espíritus malignos, como en época de siembra o cosecha.
Los danzantes forman cuatro grupos. Llevan máscaras de ciervo, el torso desnudo, tan solo cubierto con una tela en la que hay rostros de figuras tántricas, y visten unas faldas de colores vivos generalmente amarillo. Las ropas tratan de ocultar la figura humana que hay detrás de ellas, el monje se ha transformado en ciervo, como en su día lo hizo Guru Rinpoché.
Espectadores
La danza de las espadas
Los monjes llevan una máscara con una expresión colérica coronada por cinco calaveras que son los venenos mentales: ignorancia, celos, orgullo, ira y apego. Los movimientos de la representación son bruscos y en la mano derecha portan una espada. La danza tiene tres fases. La primera en la que se hacen cortes con la espada para apartar lo oscuro de la luz, la segunda en la que se domina al demonio y la tercera en la que se liberan los espíritus benignos atrapados en la oscuridad.
Las máscaras con gesto terrible representan el lado violento de un ser pacífico que necesita defenderse de los ataques malignos. En la frente tienen un ojo que simboliza la visión clara y diáfana del sexto chacra.
Los Atsaras
En todos los Tsechu hay unas figuras grotescas llamadas atsaras. Son una especie de payasos que se mueven entre los espectadores, gastan bromas, molestan. Son descarados y gamberros. La cara frívola de lo sagrado, demostrando que el humor es un componente importante de la felicidad y que no es incompatible con lo trascendente.
Llevan unas máscaras de colorees vivos, generalmente rojo y un palo con el que amenazan y golpean ligeramente al público, que se ríe y escapa de ellos. Con su parodia ridiculizan el poder de los demonios y seres malignos que son solo una caricatura que no puede vencer nunca a las fuerzas benefactores.
Pero no hay que equivocarse, no son simples payasos. Suelen ser ancianos, antiguos danzantes que ahora, en otra etapa de la vida, no están sometidos a los rigores del ritual. Vigilan la perfección de las danzas y si un movimiento se hace mal, reprenden al que ha cometido el error o hacen repetir el paso si éste es importante.
En el país feliz se da culto a la fertilidad. Algo normal en un país de tradición agrícola. No es difícil ver en sus casas un falo pintado en la puerta. Algunos atsaras llevan también un falo de madera con el que bromean entre los espectadores. Cualquier cosa, incluso la más sagrada, puede ser vista con las mascara del humor.
En algunos Tsechus las mujeres ofrecen vino a los atsaras en un acto ritual para pedirles deseos, generalmente de fertilidad. Es un momento importante en el que las danzas se detienen y los atsaras hacen una bendición colectiva de las mujeres.
Otro curioso ritual vinculado a la fertilidad ocurre cuando se hace una pausa en las danzas para almorzar. Los espectadores sacan las cestas con comida y el jefe de los atsaras elige una al azar. La abre, la bendice y si la cesta contiene comida abundante se considera un buen augurio para las cosechas y el ganado que nacerá ese año.
La danza de la despedida
Representa la partida del rey Norzang´s hacia el campo de batalla para defender el país de los invasores. Se cuenta que iba nervioso y preocupado a la batalla, con un ejército muy inferior al de sus enemigos.
En el camino se aparecieron sus deidades protectoras en forma de distintos animales y le aseguraron que protegerían sus tropas y estarían con él en la batalla, asegurándole un regreso victorioso a casa.
Los danzantes llevan una espada en su mano derecha que recuerda la batalla y simboliza la victoria del bien sobre el mal. Con la espada se corta la ignorancia que es la fuente de toda violencia.
Aunque la danza representa la despedida de la partida, al asociarse a la victoria, es una danza con colorido y alegría. Los monjes llevan máscaras representando a los animales benefactores que protegieron al rey y al país de los invasores.
El pequeño país perdido en las montañas del Himalaya trata de mantener sus tradiciones y el equilibrio entre éstas y la modernidad, para aprovechar las ventajas de ambos modelos. Dicen que en algunos aspectos parece un reino medieval, sus gentes siguen vistiendo los trajes tradicionales, la naturaleza mantiene su virginidad y los monasterios guardan los secretos del budismo tántrico.
En el índice World Happiness Report (WHR) del 2026, que mide la felicidad percibida por los ciudadanos de un país, no figura el pequeño país. Puede que porque sus gobernantes consideran que la felicidad abarca conceptos más amplios que el PIB/per cápita o la esperanza de vida, y que debe incluir el bienestar psicológico, la educación, el uso del tiempo, la diversidad y calidad ambiental, el buen gobierno y la vida comunitaria, en la que los festivales de los que hemos hablado forman un papel muy importante.
O tal vez sea porque ese país feliz al que los viajeros llaman Bután, no exista y sea una bonita leyenda de las que se cuentan en las noches invernales del Himalaya.
Añadir comentario
Comentarios